
En este tercer domingo de Pascua seguimos celebrando la Resurrección de Cristo y abriéndole las puertas al Señor para que entre en nuestros corazones. El Evangelio de los últimos tres domingos nos ha narrado el acontecimiento de la Resurrección desde ópticas diferentes, y el día de hoy nos presenta una visión, diría yo, más próxima a nuestra vivencia como cristianos en el siglo XXI.
Nuevamente Cristo se aparece a sus discípulos, pero no se trata de los apóstoles, se trata de dos hombres de la comunidad que van a otra ciudad y que, al igual que los demás seguidores de Cristo, están desilusionados y desorientados luego de los acontecimientos sucedidos en Jerusalén.
Jesús camina con ellos y les explica las Escrituras, les habla acerca del propósito de su muerte y Resurrección y aunque los hombres escuchan, siguen sin reconocerle. Sin embargo, Jesús no desiste y se queda con ellos a cenar, dicho de mejor manera, se hace invitar para entrar a cenar con ellos. Y cuando bendice el pan y lo parte, es cuando los hombres lo reconocen y se dan cuenta de todo lo que ha pasado. Entonces regresan a su ciudad y cuentan entusiasmados a los otros discípulos lo que han visto.
¿Alguna vez has ido a Misa? Si es así, seguramente notarás cuanta similitud existe entre la Eucaristía y los acontecimientos narrados en el Evangelio de hoy. Nosotros no somos los apóstoles, sin embargo somos cristianos y queremos seguir a Cristo. A veces vamos a la Eucaristía estando en una situación difícil, desilusionados por nuestros propios fracasos o cansados de tantos problemas y podemos pensar en un momento determinado: “El mismo sermón de siempre”, “Eso ya lo he escuchado”, “Eso no funciona”. Es posible que algo de la homilía se te haya quedado en la memoria, sin embargo estoy casi seguro que en ocho días puede que no te acuerdes de ello. Pero hay algo que jamás se te debe olvidar y creo que siempre lo tienes presente; cuando llega el momento de la consagración, el vino y el pan se transforman en Cuerpo y Sangre de Cristo, al recibirlo estamos dejando que Cristo se haga uno con nosotros, nos encontramos personalmente con Jesús como esos discípulos de Emaús.
Luego de la Eucaristía, vamos a las labores cotidianas nuevamente, regresamos al punto de donde habíamos salido pero con una fuerza y esperanza renovadas. La Eucaristía no termina con la bendición final, ahí apenas comienza y te queda el resto de semana para hacer bien tu trabajo o tus quehaceres, estudiar duro, compartir con los que te rodean y sobre todo dejarte acompañar de Cristo y dar testimonio de su Resurrección.
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