
El
Evangelio de hoy nos ilumina hoy con un pasaje que es bastante radical
y gráfico respecto de una cuestión que siempre nos asalta: ¿Qué es
hacer la voluntad de Dios?
De un tiempo para acá se volvió
difícil darnos cuenta de que es lo que realmente nos pide Dios, y esto
se debe en gran medida a la tendencia tan difundida en el mundo actual
de creer que la verdad es subjetiva, muchas veces pensamos que lo mejor
para evitarnos dolores de cabeza es hacer simplemente lo que la
conciencia nos dicte o seguirle la corriente al mundo, así lo que era
bueno y deseable hace unos años hoy en día nos parece retrogrado y
anticuado, ¿Les recuerda esto a cierta Iglesia que conocemos?.
La
primera actitud plantea un problema y consiste en que nuestra
conciencia nos puede engañar fácilmente, si bien es cierto que la
conciencia es un don que Dios nos ha dado a cada uno de nosotros para
distinguir lo que esta bien y lo que no, es posible que dicha
conciencia tenga errores de juicio o se encuentre deformada e incluso
adormecida por algunos malos hábitos o pecados, que no haya sido
formada correctamente debido a los ejemplos recibidos, entre otras
cosas.
Por otro lado, ir con las tendencias del mundo nos
pone en una situación difícil ya que la medida del éxito está en
cumplir nuestros deseos, lo cual deja un gran frustración pues se nos
exigen muchas cosas que en algunos casos no podremos ser o tener
(belleza, fama, éxito, sensualidad, dinero, poder) y que en el caso de
obtenerlas tampoco van a llenar un vacío que solo puede llenar el amor
de Dios. No estoy diciendo que las cosas materiales no sean
importantes, claro que sí, existen porque son necesarias y se debe
hacer un buen uso de las mismas, de hecho disfrutar de estas cosas
también es algo que Dios quiere para nosotros, pero para ser
felices
es necesaria una renuncia voluntaria a nuestros deseos y egoísmos.
Si
nos dejamos llevar por nuestros impulsos y deseos seremos personas
volubles y sin carácter que, como la multitud del evangelio, un día
salieron con palmas a la calle a recibir a Jesús y a los tres días
gritaban enardecidos que lo mataran. No tener un criterio
sólido y bien cimentado nos lleva a la situación de desasosiego que vemos en la
actualidad, muchos ya no saben que creer porque todo es verdad
dependiendo de donde se le mire, entonces lo único que queda es pensar
que todo es relativo y dedicarse a vivir como mejor se pueda.
El
camino de Dios es exigente y requiere tres cosas, humildad fe y
oración. Esto no es sencillo, el mismo Jesucristo nos lo
demuestra en
el evangelio cuando dice “Padre mío, si es posible, líbrame de este
trago amargo; pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres
tú”. Dios sabe esto, el nos conoce y ve hasta donde alcanzan
nuestras fuerzas, por eso nos regala tantos dones y virtudes, para que no nos
dejemos vencer de las tentaciones del mundo y así como Cristo se quedó
en la cruz nosotros renunciemos también a nuestros deseos cuando nos
digan: “no te esfuerces”, “haz lo que quieras sin importarte los
demás”, “¿Para qué gastar tu vida por los demás? Lucha solo por lo
tuyo”, etc.
Finalmente debo decir que la oración es supremamente importante, la oración es el equivalente a la respiración
en la vida espiritual. Hay que orar para que nuestra
conciencia no se duerma como los discípulos que estaban con Jesús en Getsemaní y para
que podamos hacer cosas en favor de los otros sin esperar nada a
cambio, cuando actuemos de esa manera, estaremos haciendo la voluntad
de Dios.
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