
En este domingo, al igual que hace ocho días Jesús habla claro a sus discípulos sobre su misión salvífica. “Yo soy el camino, la verdad y la vida; Nadie viene al Padre sino por mí”. También los exhorta a dar testimonio de su fe por medio de sus acciones “El que cree en mí, ese hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas, porque yo voy al Padre”.
Pero, ¿Cómo es posible que Jesús diga que los creyentes podemos hacer obras más grandes que las suyas?. No se refiere a que podamos hacer milagros espectaculares y portentos como los narrados en la Biblia, aunque si revisamos la historia de la Iglesia, seguramente encontraremos muchos ejemplos de ello encarnados en la vida de los Santos; cabe aclarar aquí que estas cosas suceden porque Dios permite gracias especiales a algunas personas virtuosas y siempre es Dios quien hace el milagro, los Santos son instrumentos para que el Señor actúe y nos muestre su gloria.
La Iglesia (todos los hombres y mujeres bautizados) siempre ha imitado las obras de Cristo. Así como Jesús predicó durante tres años, la Iglesia posteriormente se encargó (y lo seguirá haciendo) de extender el mensaje a todos los rincones del planeta. Nuestro Señor multiplicó panes, curó enfermos y resucitó muertos; la Iglesia hoy en día sigue multiplicando el Pan de vida Eterna, también cura y resucita miles de enfermos y muertos a través de la Palabra y la celebración de los Sacramentos.
Sin embargo, Jesús hace hincapié en las obras, señalándonos que su palabra se debe reflejar en todos nuestros aspectos y comportamientos, no solamente en el cumplimiento de los preceptos. Por eso se hace necesario no descuidar jamás nuestro camino de conversión personal para que nuestras vidas no se tornen en algo monótono y vacío. No es fácil para ninguno de nosotros y tampoco para los Sacerdotes y Obispos pues somos tentados y puestos a prueba constantemente por el mundo y por nuestras propias debilidades.
En lo cotidiano, buscando la solución a los problemas, estamos bajo la influencia de el afán y la búsqueda de la solución, nos quedamos en ello, pero descuidamos al mediador. Es decir, en la oración, a menudo exponemos ante el Señor nuestras necesidades, limitaciones, angustias, nuestra condición y debilidad. Pero también muchas veces tomamos varios caminos, queremos que estos problemas se solucionen ipso facto, es decir, de inmediato, y “descuidamos” al mediador, al hacedor: somos ciegos ante el plan que Dios presenta para nosotros. Cuando de alguna forma, el curso de las situaciones que exponemos ante Dios cambia o bien, se soluciona, podemos sentir un vacío porque después de esa aparente solución, pasamos al problema siguiente, y así en un ciclo constante. Queda en un segundo lugar ese Dios que obra los milagros en nuestra vida, el milagro de hacer, de vivir, de tener muchas oportunidades y privilegios. Hay “algo” que falta para que nuestra experiencia de fe sea completa. Nos limitamos a decir con nuestra vida, como Felipe, “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. No nos damos cuenta que nuestra sed, que esos vacíos pueden con seguridad, encontrar el consuelo en el camino constante que es Jesús, con su enseñanza de amor como verdad que revitaliza nuestra existencia desde la apertura de nuestro corazón.
En esos momentos de debilidad y desazón Jesús también nos da la solución, “No se turbe vuestro corazón, creeís en Dios, creed también en mí”. ¡Que grande es Dios!, El nos conoce y sabe hasta donde podemos llegar y cuando nos cansamos o nos duele seguirle nos consuela y nos devuelve la fe. Hay que confiar en El y seguir adelante sin importar las dificultades que encontremos en nuestras comunidades, pidámosle a Cristo que nos permita tener los ojos siempre puestos en Él y en la Salvación.
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